‘Se acabó’: Los últimos días de una comunidad en la recta final del Hawthorne Race Course
Durante décadas limpiaron los establos, galoparon caballos y criaron a sus familias en las viviendas situadas detrás de los establos, un mundo que la mayoría de los residentes de Cicero nunca conoció. Pero tras la bancarrota del hipódromo, sus trabajadores sólo tuvieron unas semanas para hacer sus maletas y marcharse.
Sara y un compañero de trabajo bañando a un caballo en las últimas horas del Hawthorne Race Course, en Cicero, Illinois, el 28 de agosto de 2026. Sara trabajó en el Hawthorne Race Course de Cicero durante casi 22 años como paseadora de caballos y fue el único trabajo que tuvo. Efrain Soriano/ Cicero Independiente
Por Irene Rómulo
Traducido por Gisela Orozco
Nota del editor: Todos los nombres de los residentes y trabajadores han sido cambiados por petición suya.
Si trabajaste en el Hawthorne Race Course y fuiste afectado por su cierre, tienen hasta el 6 de noviembre para solicitar parte de los 350.000 dólares disponibles a través del Programa de Asistencia para Personas Desplazadas (Displaced Assistance Program). Información aquí o mandenos un mensaje al 708-317-8078.
En promedio, a un caballo le tomaba 1 minuto y 36 segundos completar una vuelta en el Hawthorne Race Course. Esos 96 segundos representaban meses de arduo trabajo, jornadas que comenzaban a las 4 de la mañana todos los días y toda una comunidad de personas que vivían o trabajaban en la zona de establos y en las áreas de servicio conocido como el backstretch.
“Ves una carrera en unos segundos, pero hay muchísimo trabajo detrás de esa carrera y, de repente, todo se acaba”, comentó Ricardo, de 51 años, quien perdió su empleo tras el cierre del hipódromo en agosto.
Ricardo (izquierda) y Saul (derecha) toman un descanso mientras preparan a los últimos caballos presentes en los establos del Hawthorne para su transporte a Stickney, el 28 de agosto de 2026. Saul, quien trabajó exclusivamente como paseador de caballos tras ser herido por un caballo, llamó a este cierre repentino “una patada en el trasero”, considerando su compromiso de décadas con los establos del Hawthorne.
Ricardo es solo una de las 500 personas afectadas por la venta del Hawthorne Race Course, derivada de un proceso de bancarrota. En cuestión de días, sus vidas dieron un giro, sin apenas repercusión ni apoyo de la comunidad externa.
La venta ocurrió tras años de mala gestión, el declive de la industria y una crisis financiera que se agravó cuando los directivos del Hawthorne no lograron obtener la inversión necesaria para desarrollar un complejo de carreras y juegos de azar en el lugar.
La mayoría de los residentes de Cicero nunca llegó a conocer a la comunidad que vivía en el hipódromo.
Esto fue, en parte, deliberado. La zona de establos estaba cerrada con rejas y el acceso requería autorización de seguridad. Los trabajadores de organizaciones sin fines de lucro que hablaron con Cicero Independiente relataron haber tenido dificultades durante años para acceder y brindar asistencia, incluso en momentos en que sus servicios eran más necesarios.
“Nos han dejado a nuestra suerte; ¿quién nos echa una mano? Nadie. Después de tantos años trabajando para el hipódromo, terminar así no es nada fácil”, señaló Arnoldo, otro trabajador de la zona de establos.
Durante el verano, las especulaciones sobre la venta del Hawthorne —a raíz de su bancarrota— dominaron las redes sociales locales y los blogs especializados del sector. El interés por la venta creció a medida que surgían detalles sobre la posible construcción de un centro de datos en el lugar.
En mucha de la cobertura faltaron las cientos de personas que vivían en el backstretch.
“Estamos tristes, pero tenemos que irnos. Llevo más de 20 años aquí”, dijo Leti, una residente de la zona de establos que trabajaba paseando caballos tras el ejercicio y realizando labores de limpieza. Se secó las lágrimas de la mejilla y, aunque su voz se quebró, continuó: “Aunque el espacio es pequeño, yo era feliz. Estaba bien aquí. Voy a extrañar todo: el trabajo, el lugar donde vivimos... todos éramos como una familia. Pero bueno, se acabó”.
Cuando Cicero Independiente habló con Leti a principios de agosto, ella y su hijo adolescente estaban guardando sus pertenencias en un pequeño sedán rojo. Leti consiguió un alojamiento temporal cerca, con otra familia que le permitirá llevarse a sus seis gatos.
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Imagen de la izquierda: El 20 de agosto de 2026, Leti, residente de la zona trasera desde hacía más de 20 años, guardó meticulosamente todas sus pertenencias en su pequeño sedán rojo. Efrain Soriano/ Cicero Indepenediente
Imagen de la direcha: Uno de los seis gatos de Leti se acerca con cautela a la puerta de su vivienda de 12 x 18 pies Stickney, Illinois, cerca de Cicero, el 20 de agosto de 2026.
En agosto, los reporteros de Cicero Independiente tuvieron un acceso al Hawthorne y a la zona de establos mayor del que habíamos tenido desde nuestra fundación en 2019. A medida que recorríamos los caminos de tierra entre los establos, notábamos que cada vez había menos gente; sin embargo, las señales de vida y de comunidad estaban por todas partes.
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Imagen a la izquierda: Un tramo de viviendas con pertenencias amontonadas afuera mientras los residentes se preparan para mudarse del Hawthorne Race Course Stickney, Illinois, cerca de Cicero, el 20 de agosto de 2026. Muchas de las viviendas en el Hawthorne se construyeron sobre establos, garajes y otras áreas de trabajo. Efrain Soriano/ Cicero Independiente
Imagen del centro: El Hawthorne solo 3 días antes de cerrar oficialmente sus puertas en Stickney, Illinois, cerca de Cicero, el 28 de agosto de 2026. Efrain Soriano/ Cicero Independiente
Imagen a la derecha: El 7 de agosto de 2026, 24 días antes del cierre oficial, una cubierta de enredaderas que habían crecido de forma descontrolada adornaba la pasarela de una de las muchas viviendas del hipódromo de Hawthorne, en Stickney, Illinois, cerca de Cicero. Irene Romulo/Cicero Independiente.
Había bicicletas de niños y adultos apoyadas contra las paredes, bajo escaleras oxidadas que conducían desde la planta baja hasta las viviendas, de unos 12 por 18 pies, situadas sobre los establos. En estas pequeñas habitaciones vivían familias enteras que cocinaban en hornillas eléctricas o en parrillas de gas instaladas en el exterior, y muchas compartían baños ubicados en el centro del complejo.
Pero hicieron suyo el espacio. A través de las ventanas rotas se podían ver trabajos de pintura coloridos y detallados. Había una gran variedad de plantas, chiles, pápalo, hierbabuena, sábila, cempasúchil, romero, jitomates e incluso maíz, cultivadas en cubetas y macetas a lo largo de los pasillos de cemento, de apenas un metro de ancho, que conectan las viviendas.
Frente a las puertas, se alineaban los zapatos de mujeres y niños, a veces junto a las botas llenas de lodo de algún padre.
Calcomanías descoloridas de Halloween y otras con mensajes en contra de Trump decoraban las puertas; además, plantas trepadoras —cuidadosamente dispuestas a lo largo de varillas de acero expuestas y oxidadas que formaban parte de la estructura del techo— dejaban claro que aquel lugar era el hogar de muchas personas.
En un intento por vender el hipódromo y obtener fondos para saldar sus deudas, los residentes y trabajadores de la zona de los establos fueron quienes sufrieron los golpes más duros.
Cuando la venta fue finalmente aprobada el 10 de agosto, los residentes de esta zona recibieron un plazo de apenas unas semanas para recoger toda una vida de pertenencias y, sin apenas ahorros, buscar empleo y vivienda en otro lugar. A más de 500 personas se les exigió abandonar su comunidad, su hogar, idear un plan y marcharse antes del 31 de agosto.
El 14 de agosto, los propietarios del Hawthorne intentaron presentar una moción para obligar a todos a desalojar el recinto antes del 28 de agosto, bajo la amenaza de que, de lo contrario, intervendrían agentes judiciales para llevar a cabo los desalojos. El juez desestimó la petición, pero los recuentos diarios, descritos por un residente como una fuente de gran estrés, continuaron.
Muchos de los residentes de la zona de establos carecían de estatus migratorio legal, no tenían historial de alquiler ni de crédito, y contaban con muy pocos ahorros; todo ello dificultaba enormemente que pudieran optar a los apartamentos disponibles en las áreas circundantes. Los engorrosos trámites para solicitar un apartamento se volvieron aún más difíciles de completar cuando, de repente, la Secretaría de Estado de Illinois canceló las licencias de conducir de ocho residentes.
El 17 de agosto, Cicero Independiente se puso en contacto con la oficina de la Secretaría de Estado poco después de enterarse de este nuevo contratiempo. En una declaración enviada por correo electrónico, respondieron que estaban trabajando en una solución para restablecer las licencias y reducir los retrasos. Sin embargo, para recuperar una licencia era necesario contar con una dirección válida en Illinois, algo de lo que los trabajadores no dispondrían hasta después del 31 de agosto.
En su último día en el hipódromo, un grupo de trabajadores, algunos residentes en el lugar y otros no, compartió café y pan en los establos mientras atendía a los últimos caballos que quedaban. Estaban sentados sobre cubetas volteadas, espantando de vez en cuando las moscas que zumbaban cerca de sus pies y rostros; entre bromas, a veces, cada uno se sumía en su propio silencio reflexivo.
Muchos de ellos llegaron a Estados Unidos siendo adolescentes y siempre han trabajado exclusivamente con caballos.
“Siempre he sido gente de rancho; crecí con los caballos y las vacas”, comentó Gael mientras acariciaba a uno de los caballos a su cargo.
Salazar, otro trabajador que llevaba en el hipódromo desde 1987, señaló que tuvo suerte al conseguir un puesto en Kentucky, aunque sabía que no sería fácil. Su familia y su hogar están en Cicero; echará de menos a los caballos y a las personas que, con el tiempo, se convirtieron en su familia.
Salazar descansa en una silla en los establos en su último día de trabajo en el Hawthorne Race Course en Stickney, Illinois, cerca de Cicero, el 28 de agosto de 2026. Consiguió su primer trabajo gracias al Hawthorne Race Course de Cicero y ha trabajado allí desde 1987. Efrain Soriano/ Cicero Independiente
“Montar caballos es mi pasión, mi pasatiempo; también extrañaré a la gente, con la que formamos prácticamente una familia y a la que quizás nunca volvamos a ver”, dijo. “Siento nostalgia e impotencia; no podemos creer cómo ha terminado todo esto. Siento que podrían haber hecho algo para salvarlo”.
Expresó su preocupación por aquellos que aún no habían encontrado trabajo ni un lugar donde vivir, y calificó los desalojos de injustos. Se preguntó por qué los propietarios no hicieron más para salvar el lugar.
Ricardo, el último en recorrer la pista el viernes previo al 31 de agosto, compartió lo que sentía tras dar su última vuelta al circuito de arena, de una milla de longitud.
“Cuando monto, me siento muy a gusto. Al salir de la pista, pensé: ‘Ya no voy a poder volver a entrar’”. “Es muy triste, aunque uno no lo demuestre. Se siente muy raro. Veo a mi patrón, que casi está llorando; yo me siento igual, pero bueno, esto se acabó. ¿Qué se le va a hacer?”.
Ricardo había trabajado en Hawthorne desde 1988 y, al igual que Salazar, ha estado vinculado a los animales desde su juventud en el rancho. No podía darse el lujo de jubilarse, así que planeaba seguir a los caballos hasta Kentucky, dejando a su familia en Illinois.
“Toda mi vida he trabajado con animales, o sea que es duro ir a buscar un trabajo afuera. Para uno se le hace imposible”, señaló.
La vida en la zona de establos no era sencilla. Una trabajadora social que prestaba servicios en el lugar explicó que, a menudo, las mujeres evitaban denunciar la violencia doméstica por temor a perder su estatus migratorio o a ser denunciadas ante las autoridades. Los bajos salarios, las viviendas amontonadas, los malos olores provenientes de la planta de tratamiento de aguas, la presencia de sustancias tóxicas, como las de la empresa Koppers, así como unas condiciones laborales peligrosas eran solo algunos de los problemas a los que se enfrentaban las familias.
Durante una reunión pública celebrada el 1 de septiembre, la abogada de Stickney indicó que las instalaciones en la zona de establos se encontraban en un estado tan deteriorado que los nuevos propietarios optaron por demolerlas por completo en lugar de realizar las reformas necesarias para cumplir con la normativa vigente.
Sin embargo, marcharse no formaba parte de los planes de todos. Un representante de los trabajadores confirmó que, para la fecha límite, todos habían abandonado el lugar; lo hicieron porque no tenían otra opción, no porque desearan irse.
Los representantes de la Asociación de Criadores y Propietarios de Caballos Pura Sangre de Illinois (ITHA) contactaron a organizaciones sin fines de lucro de la zona para solicitar ayuda e hicieron todo lo que estuvo en sus manos.
Varias organizaciones sin fines de lucro y voluntarios ayudaron a algunos residentes a encontrar vivienda, acceder a fondos de emergencia, obtener muebles y acceder a otros servicios sociales.
Funcionarios electos locales enviaron representantes para realizar gestiones de derivación a otros servicios.
Algunos residentes, como Salazar y Ricardo, planearon trasladarse a otros estados, dejando atrás a sus familias para que sus hijos pudieran permanecer en el distrito escolar y seguir recibiendo los servicios necesarios. Otros se amontonaron en apartamentos pequeños junto a familiares que vivían cerca. Y hay muchos cuyo futuro sigue siendo incierto, especialmente el de los miembros de mayor edad de la comunidad.
Una trabajadora social que trabaja directamente con familias de la zona más vulnerable, afuera de las viviendas en Stickney, Illinois, cerca de Cicero, el 20 de agosto de 2026. Efrain Soriano/ Cicero Independiente
Una trabajadora social que se reunió con los residentes de la zona de establos durante nueve años señaló que los trabajadores merecían mayor reconocimiento y dignidad por su labor. Es el trabajo que conocen y aman a los animales. Se preguntó qué hace que esta profesión sea tan distinta de otras, como la de barista.
En el momento de nuestra entrevista, ella ya atravesaba el duelo por la pérdida de la comunidad de la que también formaba parte. Las mujeres que cuidaban de todos en el recinto, a quienes llamaban “mamás del hipódromo”, también la habían ayudado a ella en momentos de necesidad.
“A menos que estés aquí, nunca sabrás cuánto se esforzaron por convertir este lugar en un hogar”, comentó. “Puede que algunos se mantengan en contacto durante un tiempo, pero, en el caso de quienes se han separado y marchado a otros estados, ocurre como en cualquier amistad: la distancia trae consigo el silencio. Aun así, son personas resilientes; realmente muy, muy resilientes”.
Cicero Independiente estuvo presente en el lugar la mañana del 31 de agosto de 2026. Según representantes de la ITHA, todos, salvo tres caballos, se habían marchado antes de que venciera el plazo. Vimos llegar a guardias de seguridad privada que portaban, a la vista, bridas de plástico a modo de esposas. En el Condado de Cook, solo los agentes del sheriff tienen la autoridad para ejecutar desalojos.
Una sola silla de montar y herramientas recogidas reposan en este establo, prácticamente vacío, durante la última jornada de actividad en el hipódromo de Hawthorne, en Stickney, Illinois, cerca de Cicero, el 28 de agosto de 2026. En los tres días siguientes, las puertas del hipódromo se cerrarían definitivamente para los residentes, los caballos y los trabajadores que consideraron este lugar su hogar durante sus 135 años de historia. Efrain Soriano/ Cicero Independiente
Irene Rómulo es residente de Cicero y Directora de Desarrollo y Participación Comunitaria de Cicero Independiente.
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